Acceso
El blog de la limpieza: ¿PORQUÉ YA NO ME QUIERES? | Agua, Gente, Todo | Productos de limpieza
| El blog de la limpieza: ¿PORQUÉ YA NO ME QUIERES? |
| Mis cosas | |||
|
Estoy a las afueras de una gran ciudad. Podría ser una ciudad cualquiera. Los mega centros comerciales colonizan el paisaje. Parece como si tuvieran un efecto llamada y unos se sitúan junto a los otros formando catedrales del consumo. Miras y ves informática, muebles, decoración, comestibles, agencias de viaje, talleres de automóviles y ocio. Seguro que hay bastante más, pero desde donde estoy, afortunadamente se oculta a mi vista. Todavía no hay mucha gente. Es temprano para un lugar así. Son las 9 de la mañana y "ella" me ha citado aquí. Su llamada me sorprendió. Sonaba una voz nerviosa y yo diría indignada. Su propuesta me dejó confundido y he de reconocer que aún lo sigo. No se como saldrá esto, pero ya es tarde para arrepentirse. -Quiero contar mi historia -escuché a mi espalda. Me volví y allí estaba ella. Su forma inconfundible de moverse, su color y su perfume la hacían única. No era elegante. Pero a pesar de su avanzada edad tenía eso que podemos llamar "señorío". Se movía hacia mí con seguridad. Pensé que su humor había mejorado desde que se puso en contacto conmigo, pero este pensamiento se disipó casi de inmediato. -Bien, ¿vamos a estar aquí todo el día? -dijo, mientras se ponía a mi derecha y empezaba a caminar. Esto no ha sido una buena idea, pensé. -Buenos días -exclamé. -¿Sabes? llevo años queriendo hacer esto y hasta ahora no me había decidido -dijo, ignorando mi saludo. Mientras caminábamos, metí mis manos en mi gabardina y saqué un block de notas y un lápiz. No se porqué, pero lo prefería a los bolígrafos. ¿Nos sentamos? -dije-, escribiré mejor así. Ella accedió con un gesto y nos dirigimos a un banco un poco apartado de la zonas de paso. La gente poco a poco empezaba a circular. Nos miraban un instante sorprendidas, pero inmediatamente agachaban la cabeza y se sumergían en sus pensamientos. Apenas habíamos tomado asiento se giró y se puso frente a mí. ¿Sabías que gracias a mí, se han salvado millones de vidas? -murmuró en voz alta, casi distraida-, y sin embargo la gente olvida con facilidad. Hice como si no la escuchara. Me parecía más una frase para terminar una entrevista, que para comenzarla. -Todavía no se que pretendes -dije-, y tampoco sé porqué yo. Hay gente muy importante que escribe en medios de mucha tirada. Mi Blog lo leen pocos en comparación. -Es posible, pero quiero que seas tu. -Si te parece, empecemos por tu infancia -le dije, tratando de poner un poco de orden en el relato y sin comprender aún que narices hacía yo allí. -Nací hace tanto, que casi ni me acuerdo. Mi padre se llamaba Carl y era sueco. Siempre estaba probando cosas nuevas y me imagino que fui un resultado inesperado. -¿Cual es tu verdadero nombre? -pregunté. -Me conocen popularmente como "agua de Javel, agua Jane o agua lavandina". ¿Bonito verdad? pero mi verdadero nombre es hipoclorito de sodio (NaClO). -O sea, lejía. Me miró como si hubiera mentado al mismísimo diablo. Su reacción duró solo unos segundos, pero fueron escalofriantes. Con la misma rapidez, recobró su ánimo y siguió hablando. -No me gusta ese nombre, aunque si, soy la lejía. Se me ha desprestigiado tanto, que por eso te he citado. Quiero contar la verdad. Que la gente me conozca. -Continúa -dije mientras escribía unas notas en mi block. -Cuando me descubrieron estábamos en los años 1750 mas o menos. Ya ha llovido ¿eh? Por un momento, me pareció percibir una leve sonrisa en su rostro. -Era una época difícil de grandes cambios y yo iba a ser durante años, una de sus protagonistas. Echando la cabeza atrás, cerró levemente los ojos y continuó. -Empecé como blanqueador industrial. Tal vez no lo comprendas, pero soy lo que se dice "cloro en estado de oxidación +1". Efectivamente no tengo ni idea que significa. Pero a raíz de su cara, supuse que era importante. -Para que lo entiendas, soy oxidante. Esto hace que destruya muchos colorantes y de ahí mi efecto blanqueador. Tomando aires de importancia, miró al frente posando la vista sobre aquel monumento a la deshumanización que teníamos enfrente. -Al principio mi apellido hipoclorito tomó varias formas, Sodio, Potasio e incluso Calcio. Esto ocurría durante el siglo XVIII. El motivo de tanto cambio era encontrar el mejor blanqueador posible. Me convertí en esencial. Era famosa y aunque barata, muy respetada. Parecía por momentos que se animaba. -Fue sin embargo a finales de ese siglo, el siglo XVIII, cuando mostré mi mejor propiedad. Desinfectante. ¿Te imaginas lo que supuso?. Desinfectar. Matar gérmenes -los famosos "bichos" de mi abuela, pensé-, que se llevaban por delante a miles de personas. Niños, mujeres y ancianos. Hubo un médico francés, -se llevó la mano a la barbilla, mientras hacía esfuerzos por recordar- ¿cómo se llamaba? ¡Ah si! -exclamó- Pierre, eso es. Se llamaba Pierre-François Percy que gracias a mí, redujo la mortalidad alrededor de un 50% en un hospital de París. -Ya -dije interrumpiéndola-, cuéntame con mas detalle como fue lo de salvar millones de vidas, que dijiste antes. Me imagino que estará relacionado con esto ¿verdad?. -Pués si. Fue tambien a finales del mismo siglo cuando me sustituyen el Potasio por el Sodio ( Antoine Germain Labarraque) y ahí me transformo en lo que he sido hasta hoy. Parece ser, porque en esto no se ponen del todo de acuerdo, que fue en México, el Dr. Francisco Montes de Oca, hacia 11 de julio de 1860 quién inició la escuela entre los cirujanos militares de lavar los campos quirúrgicos y camas de los heridos de guerra, lavar las manos antes, durante la cirugía y al concluir las amputaciones, lavar las heridas con el licor de Labarraque. El mismo sistema que usaría Alexis Carrel en la Primera Guerra Mundial, por lo que fue el iniciador empírico de la antisepsia. Ya conoces como sois, siempre que si yo fui el primero en tal o cual cosa. como si eso fuera lo importante en vez de salvar vidas. Esbozaba una amplia sonrisa -Y en eso solo me superaría la penicilina, aunque faltarían todavía unos cuantos años para que sucediera. -También he leído que fuiste muy utilizada para la potabilización del agua -exclamé, mostrando verdadero interés. -Todo está relacionado. Mi capacidad como oxidante se utilizaba en el proceso de potabilización del agua. Tienen que ser dosis ligeramente superiores al punto en que empieza a aparecer cloro residual libre, ya que de lo contrario sería perjudicial. Por el mismo motivo se me utiliza también como desinfectante en piscinas y en aguas residuales. Frunce un poco el ceño en modo simpático -También hay por ahí un aparato de electrólisis salina por el que se hace circular el agua de la piscina. Para que la electrólisis tenga lugar se debe salar ligeramente la piscina (unos 4g de sal por litro de agua). El aparato de electrólisis, mediante descargas eléctricas transforma la Sal (NaCl) en Hipoclorito Sódico consiguiendo desinfectar el agua. Que inventos. -Estás al día -dije en un tono cómplice. No dijo nada y continuó. -Además soy muy barata. Esto ha hecho que estuviera en cualquier hogar del mundo, ayudando a la gente a sobrevivir. Elimino gérmenes, desinfecto sus aguas y ropas, limpio sus lavabos ya que además de desinfectante, soy fungicida. Y así me lo pagan. De nuevo volvía a ese estado de pesimismo cabreado, que había mostrado al inicio de la entrevista. Quise retomar la iniciativa de la conversación. -Entonces, ¿de donde crees que viene ahora tu mala fama? -De mi edad -respondió con rotundidad. -Soy vieja. Han pasado cerca de 250 años desde que estoy aquí y prácticamente no he sufrido ningún cambio -prosiguió-. Ahora las nuevas tecnologías y descubrimientos científicos, hacen que surjan un día si y otro también, productos jóvenes que salen mejor preparados de lo que yo estoy. Es la vida. -Ya pero "tener experiencia" -no me parecía correcto repetir vieja-, no debería ser un impedimento. -Los tiempos cambian tan deprisa, que lo que ayer era moderno y moda, hoy es antiguo y obsoleto. Además, hay que dar la razón a quienes defienden la seguridad y el bienestar de las personas, por encima de otras cosas. Estaba decida a echar su discurso. La dejé. -Mira, lo que yo quiero es que se me reconozca todo lo que he hecho hasta ahora. Se que poco a poco me retiraré o me retirarán. En algunos países, ya no me dejan entrar. Pero quiero que la gente conozca mis virtudes y que me recuerden por ello. También tengo mis defectos. -Hasta ahora no me has hablado de ellos -repliqué. -Bueno, esas cosas no gustan y las he dejado para el final. -Continúa -le dije. -No soy muy estable. Lo siento. Será mi condición femenina, pero solo lo soy en disolución acuosa a pH básico. Se ruborizaba. Sabía que aquello le estaba costando bastante. -Además, debo mantenerme alejado de cualquier ácido. Si me junto con ellos, puedo liberar cloro y eso no es bueno. No. -Y en el contacto directo contigo. ¿Que pasa? -pregunté. -Uf. Mas te vale que no me ingieras. Prefiero ni explicártelo. Al fin y al cabo no es algo agradable. -Ya pero el contacto externo, es mas probable. ¿Que puede ocurrir en este caso? -le pregunté. -Puedo producir irritación de ojos, la piel y los tractos respiratorio y gastrointestinal. Si la exposición es a altos niveles, podría producir grave daño corrosivo y ser fatal. Quise ayudarla a pasar este mal trago -Pero este tipo de exposición que comentas, no será muy frecuente. -Lamentablemente si. Bueno la exposición se produce, pero a concentraciones tan bajas que no suelo causar problemas. Te lo resumo de esta forma.
No sabía que decir. La cosa no la estaba dejando precisamente bien, así que quise dar un giro a la conversación. -Hoy nos preocupamos mucho por el medio ambiente. ¿Que te ocurre cuando entras en contacto en él? -La luz solar me degrada. También me afectan otros compuestos que están comúnmente en el aire. -Entonces, puedes perder tus propiedades, o al menos disminuir tus efectos, como con la desinfección, ¿verdad? -Si, -estaba claro que no le gustaba el cariz que estaba tomando aquello. Su rostro se fue tornando mas serio. -Además quiero ser sincera contigo. En el agua y el suelo se me separan mis iones y puedo reaccionar con otras sustancias. Lo mejor que puedo decirte, es que ni el hipoclorito de sodio o de calcio se acumulan en la cadena alimentaria. Bueno, al menos una buena noticia. -¿Produces cáncer? -tenía que preguntarlo. Me taladró con la mirada. -Por supuesto que no -no esperaba una reacción así-, tengo defectos, si, pero de ahí a producir cáncer ni hablar. -Perdona. A veces me veo obligado hacer preguntas de este tipo. No es nada personal. No se se si conseguí disculparme. Su rostro al menos no mostraba ningún gesto que hiciera pensar en ello. -Ya me has dicho que salvas aún hoy, muchas vidas humanas, sobre todo en las zonas más desprotegidas del planeta. Pero aclárame una cosa. ¿Cómo puedes afectar a los niños?, al fín y al cabo, siempre son los más débiles y los más expuestos a todo. -Es probable que los efectos sean similares a los observados en adultos. En general, los niños pueden ser más vulnerables que los adultos a los agentes corrosivos debido al menor diámetro de sus vías respiratorias. No se sabe si puedo producir defectos de nacimiento o efectos sobre el desarrollo. -¿Cómo pueden las familias reducir el riesgo de exposición a ti? -sonaba fuerte. -La mayoría de las familias no estarán expuestas a altos niveles de hipoclorito de sodio o de calcio. No hay que olvidar que los productos domésticos que me contienen deben guardarse en lugares seguros, fuera del alcance de los niños. Los análisis para determinar la presencia específica de sodio, calcio y cloro en la sangre o en la orina generalmente no son de utilidad. Si ha ocurrido una exposición seria, tienes que ir a un hospital. Se levantó y por sus gestos dejó claro que la entrevista había terminado. -Gracias por escucharme -dijo-. Se habían dicho muchas falsedades sobre mí. Para bien y para mal, lo mejor es que la gente conozca la verdad. Todo en la vida tiene dos caras y ahora ya conoces la mía, la de... -le costaba decirlo, no cabe duda-, la lejía. Le tendí la mano, ella me la estrechó y tal y como llegó, se marchó. Sabía que había sido sincera y que en realidad era consciente que su tiempo se estaba acabando. Mientras me alejaba a buscar mi auto, me asaltaban recuerdos de mi infancia. Uno de los olores que me han acompañado durante mi vida, es el que se respiraba en los ambientes que habían sido limpiados con lejía. Cuando entraba en el comedor, los dormitorios o el baño, todo olía igual de "agradable". Mi madre y mi abuela, -que ya conocéis por haber referido algún comentario suyo en este Blog-, decían que así olia a limpio y se mataban todos los "bichos" que había en el suelo. Aquellos bichos yo nunca los vi, por más que me afanaba en ir con una pequeña lupa, regalo de reyes, inspeccionando el suelo cual detective bajito. Bendita infancia. Según han transcurrido los años, la lejía ha ido perdiendo protagonismo en mis recuerdos olfativos. De forma ocasional surge de vez en cuando, como queriendo mantener aún vivo un lugar en mi mente, que inexorablemente tiende a ser poco más que una mera anécdota. No es raro todavía, que desde algún barreño surja su peculiar aroma, mientras blanquea algún trapo o fregona. Tenía razón. Los años pasan y los tiempos cambian y nos cambian. Antes, cuando se tenía que blanquear, desinfectar y limpiar a fondo, no existían muchas alternativas donde elegir. Con el tiempo mi "amiga" la lejía, pasó de ser una gran aliada a prácticamente denostada, vapuleada y hasta prohibida en no pocos países desarrollados. Pensé que en el fondo le había tomado cariño, o tal vez se lo tuve siempre sin darme cuenta de ello, y sentí un agradecimeinto sincero, porque me había vuelto a sentir niño por unos instantes. Buena suerte.
"El limpiador tenaz" Siguiente: Como limpiar una llanta y no morir en el intento (I) Anterior: Suciedad, ¡ya te conozco, ya!
|






